martes, 26 de julio de 2011

JUGUEMOS CON BOTONES Repetición de Nota del viernes 7 de mayo de 2010


Recuerdo que cuando era pibe, me encantaba jugar al fútbol con botones en el viejo mostrador de mi padre, que era sastre y trabajaba en casa. Cada equipo tenía un color diferente de botón y nombres de fantasía (Deportivo Fulgor, Fortuna FC, Atlético Alfa, etc). Yo armaba los torneos, decidía los ascensos y descensos y hasta metía la mano en algunos partidos, resolviendo a mi gusto los resultados. Todo era impecable. El paño de pana verde hacía de césped; marcaba las áreas y el círculo central con la tiza blanca que usaba papá en su laburo. Con cartulinas bordeaba la cancha simulando publicidad estática, con propagandas como Amargo Obrero o Cinzano. Las tribunas eran cartones pintados con siluetas de hinchas y que anclaba con libros de mi hermano, de forma que quedaran oblicuos como cualquier tribuna. La pelota era un bollito de papel blanco, que cada dos por tres caía al piso y era reemplazada por otra, que siempre tenía a mano para no perder tiempo. Los arcos me quedaron de un metegol pedorro que mi hermano ganó en una Kermese y que se hizo percha. El árbitro y los asistentes eran botones negros y la selección de mi país de fantasía la formaban once botones dorados, que mi padre colocaba en los uniformes de la Escuela de la Armada. Yo ponía y sacaba los técnicos de ese combinado y elegía a los jugadores, que eran mis ídolos, con nombres comunes que solo habitaban en mi imaginación. Relataba y comentaba los partidos, hacía entrevistas en la que yo preguntaba y al mismo tiempo respondía; tenía un amigo imaginario que me aconsejaba, pero en definitiva, hacía de mi campeonato lo que yo quería. Había un equipo al que odiaba y constantemente lo forzaba a perder, una tal Asociación Capillita. Eran unos botones marrones de diferentes diámetros que afeaban la prolijidad de mi juego. Cuando era un niño amaba a mi fútbol de ensueño y desde aquel mostrador de mi padre comencé a amar al fútbol real.
Fui creciendo y descubriendo que ese fútbol real de mi país fue manejado durante años por un hombre que lo ha estado jugando con botones, exactamente igual que yo cuando era pibe, en ese antiguo mostrador de mi viejo. Un hombre que arma los torneos y decide el número de ascensos y descensos como lo hacía antaño; y hasta me atrevería a decir que resuelve resultados de la misma forma que los concebía en mi niñez. Los árbitros ya no son botones negros, pero son operados por él de la misma forma que ese mocito los manejaba en su infancia. La estática de la cancha hoy corre el mismo destino que mis cartulinas pintadas. Ese hombre tiene su selección de botones dorados; remueve sus técnicos y decide quien juega y quién no. No posee amigos imaginarios, apela a laderos y a un par de hijos que le susurran al oído y a los que como yo lo hacía, casi nunca les da bola. No relata los partidos, pero cataloga muy bien a los periodistas que lo hacen. Finalmente, sus odiados botones marrones se van renovando constantemente, siempre y cuando desluzcan la prolijidad de su juego.
En los años de mi infancia un simple esparcimiento me elevó al rango de amo y señor. Un pequeño monarca de entrecasa que en su frondosa imaginación jamás pensó que la mecánica autoritaria de un inocente niño, se repetiría tres décadas después en un dirigente deportivo.

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