viernes, 11 de junio de 2010

EL CORTE DE LA DISCORDIA


Hace un tiempo que los argentinos nos hemos acostumbrado a protestar por nuestros intereses, jodiéndoles la vida a los demás ciudadanos, que sin comerla ni beberla observan con impotencia como un rezongo ajeno se transforma en un calvario propio.
Lo vemos todos los días en Buenos Aires con los famosos piquetes, que bajo la consigna general de pedir laburo o una plan de trabajo, dejan sin poder trabajar a miles de tipos que se transforman en cautivos de agrupaciones sociales y/o políticas.
Portando la razón, palos en la mano y máscaras, intimidan e impiden la circulación por donde se encuentren al desprevenido automovilista, mientras buscan una solución a sus problemas y de paso un mártir para que les dé una autoridad política a vuestras quejas.
El corte de calles y rutas es una práctica muy común en una sociedad que no encuentra variantes en una queja que lastime al culpable por sobre el cándido. La castración de los servicios de subte, los paros de colectivos y la anulación de otras prestaciones se agregan al fastidio cotidiano de laburante que acude a su empleo desprotegido por estas protestas urbanas.
A lo dicho anteriormente hay que sumarle el sempiterno corte de la ruta a Uruguay por el conflicto de Bosnia. Un capricho impuesto unilateralmente por un supuesto pero no comprobado daño ecológico, que una planta industrial apostada en el país vecino podría hacerle a un rió y a su pueblo contiguo.
Toda sensibilidad social tiene un límite; particularmente no hago oídos sordos a las protestas de la gente, pero el equilibrio y el raciocinio debe imperar. Las lamentaciones perpetuas pierden su efecto con el tiempo y lo de Gualeguaychú está perdido, primero por el fallo de La Haya, segundo, por el acuerdo entre presidentes con el compromiso de un monitorea periódico a las aguas del río Uruguay y finalmente porque no se puede ir en contra del sentido común y a favor del capricho, ostentado por un orgullo pueblerino que se niega a arriar banderas de una protesta por un daño inexistente.
Vox populi, vox dei, aunque en este caso la voz de Dios no se escuchó.

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