miércoles, 30 de junio de 2010

SI, SI SEÑORES, YO SOY TAXISTA


Y así es, hace once años que soy taxista de Buenos Aires; un laburo que ni soñé en perpetrar, pero la vida a veces te lleva a hacer cosas por las que no estabas educado, capacitado, preparado o proyectado. Soy tachero a pesar de mi título de técnico mecánico, diploma que los vaivenes económicos y tecnológicos de mi país me hicieron archivar. Quería otra cosa de mí, ser periodista, locutor o creativo, pero ya me ven, con un volante en la mano.
Durante años recorrí muchos trabajos en una Argentina donde precisamente no sobraban, labores de poca monta, de bajos sueldos, alejados de mi casa, con horarios esclavos, con compañeros garcas, chupamedias y portando un serrucho enorme en sus manos.
Probé de todo, fui mozo, dibujante técnico, bolsero, timbrero; vendí lo que sea, máquinas, herramientas, artículos de embalaje, de kiosco, cursos de ingles, ozonizadores, alarmas y artículos de electricidad. Tuve todo tipos de jefes, sumisos, cagadores, soberbios, los que sabían menos que yo y aquellos autoritarios, amenazantes, conflictivos y también obedecí a buena gente. Renuncié y me rajaron, pero mis faenas duraban lo que dura un flato.
Fui cuentapropista, estudié computación en las primeras épocas y también la enseñé, programé cursos, escribí libros y hasta tuve cuatro radios en internet. Como ven, todo un busca que aún sigue su derrotero.
A punto de mandar todo a la mierda y apretado por la familia, los bolsillos vacíos, el que dirán y el fantasma de la desocupación, fue que compré un nuevo trabajo; el de taxista.
Y aquí estoy, pariendo día a día esta caótica ciudad, llena autos, baches y multas. Contando monedas para la diaria y girando toda la Capital hasta que mis nervios o el auto digan basta. He llevado todas las formas de la miseria humana; un espectro de pasajeros que en un treinta porciento no saludan cuando ingresan al auto, que dicho sea de paso y en los últimos tiempos vive sobre un remolque o en un taller. El es mi socio y mi verdugo, me come los bolsillos y grita con su ruido a motor que lo que la rueda te da, la rueda te quita. Dentro mi de mi habitáculo vivís provocado, expuesto, segregado, sin vida social, con una libertad engañosa que lleva a la irresponsabilidad y a la vagancia.
Pero es lo que hay y tengo que darle gracias a Dios por ello, de tener un taxi, que más que un trabajo es una excusa para no ir al psicólogo y para decirles a todos que estoy laburando y evitar así el rechazo y el desprecio que suelen tener los desocupados, hasta de sus propios familiares.
Si, si señores, yo soy taxista y me imagino que debe haber trabajos y emprendimientos peores a los míos, pero lo que sí es cierto es que soy como un gorrión encarcelado y un prisionero del futuro, que a mis cincuenta y un años se ve más oscuro cada día.

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