jueves, 8 de julio de 2010

CONSUME Y SE FELIZ


Quema la guita en el bolsillo del pobre hombre y su tarjeta de crédito llora cada fin de mes. Ese es el precio que hay que pagar por un cacho de felicidad que el consumo nos puede dar. Shoppings, boutiques, casas de electrodomésticos, agencias de viajes y glamorosas peluquerías nos abren las puertas del deseo, de la compulsiva necesidad o del capricho.
Un buen auto o un buen paseo, la aterradora ofensa de la envidia o los celos, el mirar siempre al otro y a su brillante posesión, con esa mirada histérica, inspiradora y maravillosa.
La felicidad está en las cosas que podemos conseguir y en su ausencia habita lo peor de nosotros, una miseria sin lujos ni tecnología. La sonrisa equivale a una obtención y el placer de su uso orgulloso, una suerte de rito con un tiempo de vida cada vez menor.
Necesitamos más combustible para consumir, todo nos parece poco y su presencia es motivo de orgullo. Nos miramos con la mirada del otro y probar lo nuevo es prioridad, es esencial.
Me gusta, te gusta..?, la pase bomba, que placer..!!, divino..!!, lo compro.., me voy, me lo regalas, al fin lo tengo. El pequeño hombre consumista se tapa con hojas de avisos y alaridos de ofertas que llenan su vida vacía. Experimentar lo nuevo es como colonizarlo, el derecho de pernada, es como caminar en una pasarela ante las miradas de todos, hasta la de nuestra propia sombra.
Construimos al muñeco demandante y nos nutrimos del alimento material que nos hace hermosos e interesantes.
Esta es la constante del capital; ciudades y países enteros transformados en vidrieras, provocadores marquesinas que le dan sentido a nuestras vidas, carteles luminosos que nos enceguecen y que nos marcan un terreno social por el que muchos no pueden transitar.
Consume y sé feliz, muéstrate y miéntete, camina por el mundo con jactancia y vanidad. Tu puedes hacerlo, eres diferente de aquellos que no pueden. Consume y sé feliz, que a Dios le dará igual.

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